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Casarenses en el país y el Mundo 

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Leonardo Goloboff

 

RECUERDOS BORRONEADOS. El tiempo borronea y mezcla ensoñación con inútil y vehemente deseo de que la realidad haya sido así. Cuando en una mesa, junto a la vidriera del Terán, se juntaban el maestro Camiletti, el gordo Alfaro y el Chino Cruz, no fantaseaban. Ni inventaban. No eran mitómanos. Eran pura creatividad, así es; ni discutirlo. Construían una ficción concreta y objetiva y la echaban a rodar. A poco andar, el relato daba la vuelta y volvía al Terán. Y alguien se acercaba a la mesa de los vagos a contarla como verdad de verdad acaecida. Y ellos – Camiletti, Alfaro y Cruz – ya no distinguían su propio invento como tal. Lo incorporaban como suceso real o, a lo sumo, como confidencia susurrada para ser guardada porque “al único que se lo cuento es a vos”. De eso vivíamos. Así acumulamos nuestra historia. Una pequeña historia de la que nos quedan fragmentos desleídos. En estos “Recuerdos borroneados”, Mario Schapira aportó trozos de memoria y Leonardo Goloboff algo de ficción junto a la escritura. Perdonen los omitidos o los calumniados. Atribúyanlo sólo a la nostalgia, al amor y al afán de recuperar, poniéndolo en palabras, un pasado que ya no es más que eso, pasado inexorable.

Conversaciones del Terán… o El trocadero. Estamos bien allá, por los ’40 ó los ’50. Esto es Carlos Casares. Este es mi pueblo. Hoy no sopla viento del lado de la estación porque, cuando sopla, el polvo en suspensión inunda el aire. Y el monumento a “El sembrador” se cubre de una pátina gris tierra. Es raro, pero hoy no. Hoy está limpito. El día se debe haber abierto para que lo miremos. Y lo miramos. En el pueblo hay varios negocios con vidrieras a la calle. Y algunos edificios altos. Sin embargo, en esta avenida hay un agujero negro. Dicen que la zapatería de Soto no se incendió así nomás. Los rumores dicen que tenía seguro contra incendio y que ya no vendía zapatos. Así que un día, mejor dicho una noche... Todavía no había bomberos voluntarios. Hoy sí, hoy lo habrían apagado. Y Soto seguiría afligido. Aunque seguro que ya está muerto. Por la biología, no por el incendio ni porque vendía poco. De viejo. El trazado de las calles es absolutamente simétrico. Los que hicieron el diseño catastral no se animaron a más. Nada de diagonales como en La Plata. Y ni soñar con calles curvas como en Pompeya. Cuadrados. Simplemente. Eso hicieron. Y en el medio de esos cuadrados resultaron calles. Después se distribuyó la gente. Sin demasiado método, como al descuido, tal como iban cayendo las familias. Por ejemplo, con una cuadra de diferencia, hay dos joyeros. Eso sí, en veredas enfrentadas. Y, menos mal: uno es judío y el otro, vecino a la ex zapatería de Soto, es filo-nazi. Pero compiten y van a clubes diferentes. Porque hay varios. Clubes, digo. Y joyeros. Además hay otro, un poco más al centro (mi pueblo tiene centro), también con dos vidrieras – de joyería, claro - hacia la calle. Dicen las malas lenguas (son siempre las de otros), dicen que un comerciante del centro, aunque es joven, igual un día aparecerá muerto. Las siestas de verano en mi pueblo estremecen. Aletargan y estremecen. Anulan los sentidos, te sumergen en un sopor viscoso y te hacen ver aureolas de luz blanca que destella aunque tengas limpios los anteojos. Precisamente, era una siesta de ésas. Una de las bombonerías del pueblo tiene dos plantas; la segunda, la de arriba, construida como depósito y como dormidero. Por eso había una camita. De allí, contaban las viejas – y el rumor llegó al Terán – tuvieron que bajar, muerto, duro, al comerciante. Y agregaban que la bombonera nunca contó nada. Quedó muda y todo el pueblo respetó esa mudez, por ella y por la familia del occiso. Lo único que dijo, y una sola vez, fue “qué calor hace”. Como si hubiesen sido los chocolates derretidos los que le hicieron mal. En realidad debió ser por el almuerzo. Todo el mundo sabe que no conviene después de almorzar, en el verano. Pero ella ni lloró. Ya nadie habla del tema. La discreción reina en mi pueblo. Siempre fue así. Ese es su valor.
Bombonerías… y bomberos. Qué cosa… dos vocablos con la misma raíz. Soto y el comerciante que no se nombra en el Terán. Ambos incendiados, muertos. Recovecos mientras jugamos a los dados. Subterfugios para no apurar la vida. Otra vez la temida muerte como fachada del olvido. Mi pueblo.

Me pica el culo,
me rasco el tiento,
soy de Casares,
no me caliento.
Afilador, afilador…

Pónganle música de ranchera que le va bien. Así lo cantábamos a diario, sobre todo cuando aparecía un forastero.
Es claro: hay un orgullo chauvinista muy marcado en nosotros, los carloscasarenses, una superioridad, una legítima vanidad bien sustentada. No creo que sea xenofobia. No, no es para tanto; es apenas una suerte de soberbia regional apoyada en mil historias que sólo han podido darse aquí, en el pueblo.
¿En qué historia universal puede haberse escrito que los matrimonios van al cine con una bolsa de agua caliente en pleno invierno? Por las dudas, lo escribimos: sólo en la historia de Carlos Casares.


Yatasto tiene su famosa posta, San Juan tuvo a Paula Albarracín de Sarmiento bajo la parra, San Lorenzo un ombú y un fatigado San Martín, el bloqueo anglo-francés al almirante Brown en el Río de la Plata. De eso, nosotros no sabemos nada. Nosotros nunca necesitamos de lugares ni de personajes emblemáticos. Nosotros tenemos el Museo Roberto Mouras y el Centro Cultural José Ingenieros. Y la Sociedad Israelita, también nombrada como Salón Bristol, según a quien se alquile. Será lógica formal, pero es irrefutable. Y el Cine Teatro Español… o el Verdi. En qué otro lugar del mundo pueden darse los infinitos matices sociológicos que distinguen al Club Atlético del Sportivo… o al Huracán del Social o el San Martín o… Imposible: no hay dos que ni siquiera se parezcan entre sí. En el Atlético, por ejemplo, su eterno presidente, el escribano don José Seijo, ha prohibido entrar en alpargatas. En los demás, no sé (salvo al Social, al que podés entrar con zapatillas). Seguramente, Marx no alcanzó a imaginar la lucha de clases en un torneo de fútbol, con los hombres enfrentados así… y en camiseta.
Disculpe, dijo Pío. Pío pedía monedas por la calle y siempre, se le diera o no, se despedía diciéndonos “Disculpe”. Ese “disculpe” de Pio Carciofi, linyera sin redención, terminó por sumarse al “dijo Pío” y la unidad se transformó en latiguillo popular, aplicable a toda circunstancia: “Disculpe dijo Pío”. Una vez por año su familia, donde había hasta doctores, lo recuperaba para el hogar de origen, lo bañaba, lo acicalaba con ropa limpia o nueva, y lo devolvía al mundo, como recién nacido. Sin embargo, el mundo impiadoso lo ensuciaba a corto plazo. Nosotros sabíamos que ese “Disculpe” que repetía Pío ocultaba profundidades metafísicas nunca develadas. Lo sabíamos, quizás de modo infuso. Más aún: la sola enunciación de la frase completa a nosotros nos bastaba para bajar portalones de silencio a la discusión más acalorada. “Disculpe dijo Pío”. Era mucho más que una módica forma de pedir perdón, sin arriesgar la dignidad. Vaya uno a saber qué había detrás de esas palabras. Menos pregunta Dios y… Dios condena.
 


Velorios. Chucho Jhompson no falta a ningún velorio. Aunque llegue temprano, llega ebrio y, al rato de tomar una o dos copas, adquiere una locuacidad irrefrenable. Nadie, ni siquiera el muerto, escapa a su afán comunicante. Él tiene cosas por decir y las dice. Hace bien. Y no molesta. Se integra al ritual y su ausencia, por enfermedad o borrachera, denunciaría que la necrofilia está incompleta. El problema que avizoramos ocurrirá cuando él mismo muera. Si es que no está ya muerto. Tal vez lo sigue representando en los velorios su ánima cumplida, igualmente ceremoniosa y prolijita, con traje y con corbata, sin mácula de vino ni en el rostro ni en la ropa. Sea como fuere, Chucho siempre está presente (Aunque disfracemos su nombre, todos saben de quién se trata. Lo que pasa es que nos producen terror los abogados y en el pueblo, no sé cómo, ya hay tres o cuatro).

 



Próximamente, más “entregas”.

 

 

 

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