Juan Carlos Marichelar
Hace 28 años que partí de Carlos Casares, primero fue mi paso por la ciudad de La Plata, donde me recibí de abogado y hoy ya hace prácticamente 20 años que vivo
en la Patagonia austral, en Río Gallegos, Provincia de Santa Cruz.
Llegué como tantos otros, con mi título bajo el brazo a estas tierras yermas e inhóspitas, duras e implacables, pero con la bondad y dulzura de la gente del sur, con la finalidad de caminar hacia un futuro mejor.
Hoy, ejerzo como abogado en una empresa del estado provincial y como docente, carrera que continué aquí.
Hablar de Carlos Casares, es recordar mi querido Colegio Nacional, mis compañeros y profesores, quienes de una u otra manera forjaron mi ser y me inculcaron el amor a la docencia, entre otras cosas; es recordar la biblioteca José Ingenieros, cuando funcionaba en un lugar muy chico de la calle Hipólito Irigoyen y no era lo que es hoy un Centro Cultural.
Mi Escuela N° 2 "José de San Martín", mis maestros y compañeros, también son Casares.
Vuelvo bastante seguido, mi madre vive allí, mi padre descansa junto a mis abuelos, y mi infancia y adolescencia están allá, detenidas en el tiempo, en el
mejor de los tiempos.
Carlos Casares, son las primeras salidas, los primeros asados y también los primeros dolores, propios de la edad...,pero también es el regazo de mi madre, los campos plenos de girasol, el olor a pan fresco en las mañanas y el reencuentro con mis dos mejores amigas.
Casares, significa los primeros sueños, la alegría del reencuentro cuando viajo, un beso de mi madre y el abrazo afectuoso de los seres queridos.
Casares es el descanso en el verano, cuando estoy por más tiempo, los verdes campos, los días de sol, el verano y el dolor de las inundaciones, a la distancia.
Carlos Casares, es parte de mi vida, de mi familia, de mis amigos y los hijos de ellos y hoy con algunos años más y a la distancia es un hermoso recuerdo tangible y concreto, aún, de mis años pasados allá.
No por ello, también es el dolor de la partida ,cuando debo regresar a Gallegos, pero también... la alegría que me produce aproximarme a La Dorita, es como ya estar en casa.
Afectuosamente, desde la Patagonia
Juan Carlos Marichelar